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Qué les estamos haciendo? Viernes, 13 Abril, 2007

Posted by aliycia in Madre, Profesora.
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Tengo una clase de español los miércoles que me viene muy mal. Empieza a las 19:15 y mi clase anterior acaba a las 16:30. Como la academia está en una ciudad a unos veinte minutos de mi casa, no me compensa andar yendo y viniendo. Mi marido tiene que salir antes de su trabajo para recoger a Alex y a mí me toca pasarme esas casi tres horas haciendo tiempo y sin cobrar un duro. Todo porque un profesor dejó su puesto en febrero y personas que aprecio me pidieron que les hiciera el favor de sustituirlo hasta que acabara el curso. Me hacía ilusión tener alumnos no adultos (ocho, alrededor de los 14 años) y pensé que aguantaría bien estos cuatro meses. De hecho, me ha ido estupendamente con la mitad del grupo. Con la otra mitad, la cosa se ha ido complicando.

Después de estar todo ese tiempo esperándoles, porque no existe la posibilidad de cambiar la hora de la clase, suelen aparecer tarde, comiendo, sin parar de hablar (en portugués) y entretenidos con el último gadget que les han comprado sus papás. Además, pretenden asistir a la clase sin tener que sacar ni un boli para tomar apuntes o hacer una ficha.

Ya me habían advertido que este grupo adoraba al anterior profesor, jovencito, porque no les hacía exámenes ni nada parecido. Me olió raro. Al principio, intenté seguirles el juego, para que no notaran mucho el cambio. No estuve de acuerdo con que nos pasáramos la hora jugando al “scrabble en español” y cosas parecidas, pero sí intenté que aprendieran algo nuevo con vídeos de música y actividades divertidas, que les podían ayudar a ampliar su vocabulario. Bastaba con que pusieran un poquito de interés. El resultado fue desigual. Cuatro de los chicos me siguieron de lo lindo, participaron y se mostraron agradecidos cuando les hice ver cuánto valoraba su esfuerzo. Los otros cuatro comenzaron a intentar boicotear la clase, a ridiculizar el afán de aprender de sus compañeros, sus conocimientos, sus ganas de aprovechar el tiempo.

Una duda me empezó a martillear la cabeza: Para qué coño venían esos cuatro al final del día a una clase de español, que ni era obligatoria, ni les iba a dar un título de nada?

Este miércoles, harta de mandarles callar y de ver como, un día más, no podía cumplir con el programa que llevaba para ese día, me planté y les dije que si la cosa no cambiaba, tiraba la toalla y se quedaban sin profe. Podría alegar motivos médicos. El embarazo y demás. La miseria que me pagaban por esa hora (12,50 euros) no compensaba la tarde completa perdida, sólo por hacerle un favor a mis jefas. Me daba igual que la líder del grupo complicado fuera, precisamente, la hija de la directora.

Diogo, el chico del grupo se quedó callado. Bea y sus dos amiguísimas justificaron su cansancio e incapacidad de concentración contándome lo que habían estado haciendo desde las ocho de la mañana. La retahila de actividades escolares y extraescolares que forma parte de su día a día me puso los pelos de punta. Me estresé sólo de oírles relatar esas doce horas diarias de no parar de correr, del colegio a la escuela de equitación, la piscina, el inglés, el francés y las clases particulares de matemáticas. Comprendí que lo que buscaban en mi clase no era aprender español, sino poder pasar una hora agradablemente sentadas, charlando, riéndose por todo y por nada y sin hacer ni el huevo. Era una oportunidad rara, que mi predecesor les ofrecía; de ahí que lo quisieran tanto.

De repente, me vinieron a la mente mis catorce años. Era la mejor de la clase y, aún así, tenía tiempo libre para leer, para ver mis series preferidas, para pasear, ir al cine o tontear con los chicos del barrio. A veces, nos pasábamos las tardes sentadas en un banco sin hacer nada, tan sólo comiendo pipas, pendientes de que apareciera, aunque fuera un instante, uno de los guapos gemelos que nos tenían locas. Y ese “tiempo perdido” no me hizo ser menos que nadie, quedarme atrás en una carrera que, por lo visto, ahora los padres quieren que los hijos empiecen en cuanto entran en la guardería. No pasa nada si a los diez años no te has convertido en un gran atleta políglota, tan habilidoso con un violín, como con un teclado y un ratón. Cosas como tocar el piano pueden ser un placer si las clases son un momento esperado durante toda la semana y no el enésimo compromiso del día, uno de tantos.

Yo, que me he matado de estudiar durante años, estoy convencida de que lo mejor de mí se ha forjado fuera de las clases, en el tiempo libre compartido con la familia, con mis parejas, con los amigos o en soledad. Es algo esencial.

Recuerdo haber tenido un puntito de envidia en el Instituto, cuando mis compañeros de estudios de familias más acomodadas me hablaban de sus clases en el Instituto Británico o en el Conservatorio. Era consciente de que podría haber dado más de mí con ese estímulo extra un par de veces por semana, pero para la mayoría aquello era algo impuesto por sus padres y no un hobby. Yo, sin embargo, saqué tanto o más provecho que ellos de mi mediocre inglés, que me permite comunicarme con gente de todo el mundo; de mis tardías clases de alemán, que me abrieron la puerta de la increíble experiencia Erasmus; por no hablar del portugués aprendido lejos de las academias y habiendo ya cumplido 25 años, un idioma que me cambió la vida, sobre todo, desde que comencé a usarlo para decir “te amo”.

Mis alumnos me aseguran que “nadie” les obliga a asistir a todas esas actividades-extra. Pero conozco a sus padres: son personas con cargos de responsabilidad, adictos al trabajo y a un cierto nivel de vida. No deben de parar en casa más que para dormir, y no siempre. Para que no se note demasiado su ausencia, nada mejor que sobrecargar la agenda de sus hijos con actividades que los mantengan entretenidos durante su larga jornada laboral. No les obligan a ir a nada en concreto, pero les presentan una larguísima lista de opciones para rellenar su tiempo de ocio sintiendo que ha sido elección de ellos, no una imposición. Y les graban en la cabeza ideas como que es vergonzoso llegar a adulto sin hablar inglés a la perfección, que si no dominan la Informática y varios idiomas-extra lo tendrán crudo cuando entren en el mercado de trabajo o, en definitiva, que pasar algún tiempo sin hacer nada es malgastar la vida, algo que te condenará a la atrofia mental, la pobreza y la infelicidad.

He decidido replantearme el contenido de las clases. En este momento, me importa poco que esos chicos aprendan a conjugar el Pretérito Indefinido. Tengo un mes y medio para intentar abrirles los ojos, usando el español como mero instrumento. Ya comenzamos el otro día. Cuando les hice parar, reflexionar y poner en palabras sus sentimientos respecto a la vida que llevan. Creo que el desahogo les vino bien. A mí me ayudó a entenderlos. Y a vislumbrar la forma de llegar a ellos.

PD: A partir del curso próximo, Alex puede tener en el Jardín de Infancia clases de Música, Inglés y Gimnasia. Ahora me toca mojarme a mí haciéndole frente al primer impulso: el de apuntarle a todo, porque de todo sacará provecho. Adora la música y tiene un oído excelente, como su tío Santi; siendo bilingüe posee unas condiciones fuera de lo común para asimilar otros idiomas y, en estos momentos, es una esponja (además, las clases las da una amiga y sé que son a base de juegos y canciones); por último, es tan activo que le vendría bien una actividad física para liberar energia de forma divertida y llegar a la noche más relajadito. Se admiten sugerencias.

Comentarios»

1. Ensaimada - Domingo, 15 Abril, 2007

Estoy de acuerdo contigo. Les programamos tanto sus vidas que, en la adolescencía, cuando les toca programársela a ellos , no saben. ¿Y qué eligen? no ven las alternativas y hacen lo que hacen quienes nunca han hecho antes nada que suelen ser los niños de la calle.
Algunos tienen suerte y se escapan de ello porque no dejan sus actividades pero quienes se han sentido presionados sí lo hacen.
En cuanto a tus clases de español, que aprendan a comunicarse en español es lo mejor. En la enseñanza de idiomas se da mucha prioridad a la expresión escrita y se olvida la oral, parece que debe ser un cúmulo de vocabulario, olvidando la expresión.
Tienes muchas vías si tus jefes lo aceptan

2. Ali y Cia - Lunes, 16 Abril, 2007

Me has hecho recordar a un chico que conocí. Cuando llegó a mi instituto, público y de lo más rojo, era un niño pijo acostumbrado a los mejores colegios privados, a la vida programada y a todo tipo de presiones para que fuera el mejor. En unos meses se fue transformando (look y forma de ser) y después de acabar el COU se pasó un tiempo recorriendo el país, en plan hippie, con su pandilla y un perro. Mucha gente se quedó boquiabierta.

Más tarde hizo la carrera que él quiso (fue de los primeros en trabajar en el área audiovisual, para Canal Sur), no la que hubieran querido sus padres. Y tengo entendido que le fue muy bien.

Hace mucho que no lo veo, pero, desde luego, no me lo imagino con chaqueta y corbata, ni nada que huela a formalidad, puntualidad y demás. Lo saturaron de todo eso cuando pequeño.