10.25.07
Alejandro, el protector
A sus tres añitos, mi hijo está revelando una dimensión desconocida de su personalidad, que encaja perfectamente con el significado etimológico de su nombre, Alejandro: el protector de los hombres.
El pasado lunes se colocó entre un coche que aparcaba y el mío, en un gesto casi heroico de defensa de su hermana, que estaba sentada en su sillita, en el suelo, mientras yo colocaba el carrito en el maletero. El conductor se quedó de piedra al ver a aquel mico, exigiéndole que se mantuviera a distancia si no se las quería ver con él.
Me sorprendió. Mi marido no ejerce más que puntualmente el papel de macho protector de su esposa y sus hijos; mis dos hermanos tampoco han actuado de esa forma conmigo. El protector por naturaleza es mi padre, aunque de forma más bien pacífica. De él he heredado mi carácter de cuidadora nata, pero a la hora de defender a los míos, soy algo más temperamental. Como también parece serlo Alejandro.
La escena me pareció especialmente enternecedora porque sé que mi hijo está sufriendo mucho últimamente. Síndrome del príncipe destronado, le llaman. Reclama mimos, intenta llamar la atención, quiere seguir siendo un bebé, llora cuando llega a la escuela. Pero ha demostrado que su instinto protector está por encima de su sufrimiento personal. No culpa a Inés de lo que le pasa. Es su hermana y para él, como para mí, la familia es una prioridad. Otra cosa es el puesto que le dé a cada cual en sus prioridades de defensa. El padre es el cuarto y a veces, hasta se le olvida. Las ausencias casi permamentes se pagan caro. Los niños no son tontos y se dan cuenta de cuándo los están relegando a una posición secundaria. Ellos no entienden de hipotecas, ni de éxito profesional.
Por eso, no es de extrañar que esta noche, al sentirme llorar en la cocina, Alex viniera corriendo desde el salón a pedirle cuentas a Paulo. Sólo dejó de preguntarle qué me había hecho cuando yo le dije que su papá no tenía nada que ver con lo que me pasaba (mentira a medias: ejercer de padre y de madre en solitario hoy me había resultado especialmente duro). Entonces se centró en mí, me preguntó qué me pasaba mientras me daba besitos y me pidió una servilleta de papel para quitarme “esas cositas blancas que tienes en los ojos, mamá”. Se la di, secó mis lágrimas y me dijo “Ya está, lo ves? Ya no estás triste”. Me lo comí enterito.
Mientras lo hacía, vislumbré a mi peque con cinco, diez, catorce años. Siendo ya un adolescente. Un chico joven. Lo vi dominando esa fuerte personalidad heredada de Paulo, que aún no controla y que, como a él, de vez en cuando le hace perder los estribos inexplicablemente. Lo vi creciendo seguro a mi lado, muy unido a mí, ayudándome a sacar adelante el proyecto de familia que defiendo. Contra viento y marea. Contra su propio padre, al que tenemos que liberar de una idea equivocada de lo que es la paternidad. Al que debemos enseñar a disfrutar de todo lo que tiene y ser feliz.


maggie dicho,
Jueves, 25 Octubre, 2007 en 8:59 am
ufff a ver ese complejo de edipo…
la foto es supertierna. mi hermano nunca me defendió de nadie, más bien al contrario (él también fue príncipe destronado, pero se lo tomó peor) así que me alegro de que alex esté reaccionando tan bien. besos y ánimo con esa familia!