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SON COBARDES Y SON POCOS. A POR ELLOS, SIN MIEDO Viernes, 16 Octubre, 2009

Posted by aliycia in Buena amiga, Consecuente, Idealista, Luchadora, Mujer, Optimista, Sensible, Solidaria, Valiente.
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 denuncia Se llama Ludvínia. Está demacrada, enferma, cansada, pero no para, no puede parar. Contemplando sus arrugas, nadie le echaría menos de 70 años; tiene 61. Su cuerpo mantiene, sin embargo, una agilidad casi juvenil. Practica un deporte radical: el de la supervivencia en las peores condiciones imaginables. 

Todos los días la veo pasar, yendo y viniendo del centro. Mendigando comida, buscando desesperadamente un hombro en el que llorar, corriendo a tomarse la sopa que un alma caritativa le deja pagada todos los días. Se mantiene con eso y la fruta o las latas que le dan. Con frecuencia, su paso ligero no tiene un destino, es solo una huida. De las palizas que le dan su marido, su hijo mayor y su nuera. De los insultos que le dedican los drogadictos que han hecho de su casa su principal lugar de reunión y abastecimiento.

Duerme con frecuencia a la interperie o en una pequeña chabola que se ha construido. Pasa hambre y frío. Acaba empapada cuando llueve. Cualquier cosa, con tal de no entrar donde están los demás para recibir más golpes o volver a ser violada por su principal verdugo.

No tiene autoestima como para recoger sus cuatro cosas e irse definitivamente. No perdería nada, nada tiene. Ya sólo tendría que mendigar para sí misma y se ahorraría tánto dolor… Pero es madre. Tiene un hijo de unos quince años, para el que me pide ropa, leche, yogures, galletas y todas las cosas que le gustan y ella no puede comprarle. Chocolate, por ejemplo. Un hijo al que insiste en mimar, aferrándose a él como si fuera su última oportunidad de dar y sentir calor humano. Ese hijo también ha empezado a pegarle y insultarla, como los demás. Y ella se hunde y se hunde sin esperanza.

Toda la gente da por sentado que un día aparecerá muerta, que está condenada, siendo inocente. Que pronto será un número más en la maldita estadística de la violencia contra las mujeres.

Llevo unos tres años asistiendo a su sufrimiento, como todos en el pueblo. Habría que ser ciego para no verlo. Pero es que, por ser gitana, es como si le quitasen importancia a sus quejas. Como si las patadas no le dolieran o las palabras tan duras que oye cada día no se le clavaran en el alma. Me indigna que todo el mundo me aconseje que deje de ayudarla “o no te la quitarás de encima”. No consigo hacer oídos sordos a su llanto, a su necesidad de ser comprendida, consolada, cuidada. Por si no tuviera ya bastante maltrato, muchas “personas de bien” la tratan como si fuera una leprosa, la ignoran e intentan mantenerla alejada de sus cómodas y felices vidas.

Al principio, me limitaba a darle comida y ropa. Luego, intenté que la Seguridad Social se hiciera cargo del asunto. Fueron a su casa, vieron las condiciones infrahumanas en que vivía y simplemente le dieron un dinero mensual. Nada de alejarla del maltratador, nada de protegerla, de sacarlos a ella y a su hijo menor de edad de ese infierno. Ni que decir tiene que su marido se las arregló para ser él quien cobrara el dinero y ella tuvo que seguir mendigando para comer. Y si llegaba a casa con las manos vacías, paliza de regalo.

El problema no son sólo las instituciones, las leyes, el miedo de la gente a “meterse en líos con gitanos”. Una persona tan vapuleada no se imagina a sí misma llevando una vida “normal”. Se rinde, se conforma. Tira la toalla, como si lo que le ocurre fuera inevitable. Tan solo espera que la muerte llegue ya de una vez, que ese corazón que ya tiene muy debilitado, se pare de repente y la libere de esta prisión. Sería una muerte dulce, comparada con la que presiente. Un mujer así “sabe” que convive con su probable asesino.

MUJER MALTRATADA.Pero yo no me doy por vencida tan fácilmente. La semana pasada me surgió la oportunidad de hacer algo más. Tuve que valorar las consecuencias. Era algo muy arriesgado. Debía depositar mi seguridad en las manos de terceras personas que no me conocían y que podían meter la pata. Sigo algo asustada, pero siempre he sido positiva, valiente, confío en mi suerte y en la justicia. Compartir aquí esta experiencia es una prueba de ello. Ojalá mi testimonio haga que alguien más se atreva a enfrentarse a sus miedos y denunciar un caso de maltrato del que haya sigo testigo mudo hasta la fecha.

Aquí la cosa va más allá del maltrato. La gente parece no darse cuenta de lo grave que es tener a unos camellos como vecinos. No se trata solo de esta mujer, sino de todo lo que eso genera y del peligro que corren nuestros hijos, nosotros mismos. Toxicodependientes y delicuentes pasando todos los días delante de casas como la mía, ingenuamente desprotegidas. Aparte, ya he visto a un chico del pueblo, hermano de una amiga, caer en esa trampa mortal. Cada vez que le veía ir en busca de su dosis, me estremecía por dentro. Dentro de unos años pueden ser mis hijos. Por no hablar del hijo de Ludvínia, carne de cañón y posible corruptor de sus compañeros de instituto.

Uno de mis alumnos es policía. Nada como tener contactos. Que sí, que ya sabían de eso, que algo habían hecho, blablabla. Le conté lo que no sabía. Le provoqué un poco diciéndole que “eso”, en España, hace tiempo que se habría resuelto. Que ese menor y esa mujer debían ser protegidos. También la juventud del pueblo. Él no sólo es una buena persona, íntegra; es padre de un chico y eso le tocó de lleno. Le pedí que se dejaran de rollos de que no lo habían podido pillar in fraganti vendiendo la droga. Que ese cabrón tenía tal lista de delitos a cuestas como para pudrirse en la cárcel el resto de su vida.

En realidad, no espero tanto. Me conformo con que Ludvínia conozca una vida digna en los años que le quedan de vida. Espero que la acojan en un centro donde no tenga que mendigar comida, donde poder mantenerse limpia, calentita, segura, y convivir con personas que la traten como a un ser humano. Y, si es posible, que su hijo pequeño tenga al menos una oportunidad, la última probablemente, de salir de ahí, de ser reeducado, salvado.

Hoy le he pedido a Ludvínia que evite llamar a mi puerta en las próximas semanas. Todo cuidado es poco. Sobre todo, ahora que he recibido una gran noticia de su boca. Algo que me contó esta mañana deshecha en lágrimas y palabras de agradecimiento: esta noche, su marido fue detenido e interrogado. Por lo visto, confesó algunos de sus crímenes. El proceso está en marcha. Ojalá sea rápido y efectivo. Ojalá su mujer sobreviva a la furia del monstruo en que preveo que se convertirá, ahora que, por fin, empieza a sentirse acorralado. Ojalá nunca me relacione con su detención.

Yo no soy de rezar al estilo tradicional, pero hago algo parecido, a mi manera. Ahora lo estoy haciendo: por ella, por nosotros, por todas las personas en una situación similar. La razón está de nuestro lado. Somos muchos más. No podemos seguir haciendo la vista gorda. No podemos permitir que estos tipos hagan lo que les dé la gana y no lo paguen caro. No podemos dejar que destrocen así la vida de los demás.

No nos dejemos engañar. Su violencia es una muestra de una enorme debilidad. Los fuertes somos nosotros. Los que amamos, los que controlamos nuestros más bajos instintos, los que somos capaces de ponemos en el lugar del otro. Los que podemos, incluso, entender que el que hoy es verdugo ayer fuera víctima y, por eso, no nos negamos a ofrecerle la posibilidad de reparar lo que sea reparable. Pero que no se equivoquen. Aquí, los que están al mando de la situación no son ellos. Somos los que luchamos, los que respetamos y exigimos el cumplimiento de las leyes y el respeto de los derechos humanos. Los valientes de verdad somos los que nos enfrentamos a nuestros miedos para que se haga justicia.

La fuerza de una persona no se demuestra dando una bofetada, sino ejerciendo y predicando el pacifismo, la solidaridad, el amor al otro y a uno mismo.

Alea iacta est. ¡Aleluya!

Comentarios»

1. lainoa - Viernes, 16 Octubre, 2009

Ufffff, cuanta razón tienes!!! Desde luego con actos como el tuyo a uno le corroe en el interior la verguenza de no hacer nada.

Mucho animo!!!

2. kotinussa - Viernes, 16 Octubre, 2009

Espero que todo salga bien. Y que todo tu esfuerzo no caiga en saco roto.

Besos.

3. Cap.Haddock - Viernes, 16 Octubre, 2009

Siempre te leo pero pocas veces escribo, pero es que esta historia lo merece. Sólo quiero decirte que me siento muy orgulloso de ser tu hermano y que todos deberíamos aprender de tu comportamiento y obrar de la misma manera y quizás otro gallo no cantara.Besos

4. la chica de las plumas - Domingo, 18 Octubre, 2009

Ojalá todo vaya bien. Te felicito por tu implicación y valentía.

Aunque creo que la “cagada” ha sido contárselo a ella…

Estas personas suelen tener un grado importate de dependencia afectiva hacia sus maltratadores y a menudo para ganarse su afecto son capaces de traicionarse a sí mismas.

Creo que no hacía falta que le dijeras que habías sido tu la que había levantado la liebre… te has arriesgado demasiado, desprotegiéndote a ti y a tu familia.

Ojalá la policía actúe rápido. Ya nos contarás como sigue!

Saludos!

5. perdida en la red - Domingo, 18 Octubre, 2009

si he entendido bien, no le has dicho nada a la mujer, sólo que se mantenga unas semanas alejada de tu casa …..

se me ha encongido el corazón al leer la historia ….

el coraje y el valor que se necesita para denunciar y actuar son grandes …. y para afrontar el propio miedo …gracias por compartir tu experiencia y naturalmente rezaré ( a mi manera y de corazón ) para que os vaya bien a ti y tu familia ….

muchos besos
Jossie

aliycia - Lunes, 19 Octubre, 2009

Es cierto que es un riesgo, pero Ludvínia había perdido ya toda esperanza. Yo le dije que iba a hablar con alguien a ver si podían echarle un cable, pero sin tener claro si iba a conseguir algo. Mi alumno habló con la autoridad local y por lo visto algo han empezado a hacer. No ha habido denuncia formal. A ese tío ya lo andaban rondando por una larga lista de “pequeños” delitos. Yo tenía datos que desconocían y está claro que a una “Señora doctora”, a una profesora de clase media, le echan más cuenta que a una mendiga gitana, “una vieja loca que se pasa la vida denunciando al marido” (lo ha hecho muchas veces y de poco ha servido).

Si le cuenta a su marido que yo estoy detrás de su detención, ella tiene mucho más que perder que yo. La dependencia afectiva no existe en este caso. Es más, creo que nunca lo haría; por un motivo: mis niños. Los mira y se emociona. Imagino que le recuerdan a los suyos antes de que los malos ejemplos, la miseria y el maltrato los corrompieran.

Por otra parte, la vida no es tan planificable como un guión de cine. Yo no hubiera sido capaz de ver un día más a esa mujer llorando por las calles, sin la más mínima esperanza. La lucecita que le he dado es pequeña, pero deberíais haber visto el efecto que tuvo en ella…

Frivolizando un poco, esto como en lo de casarse o tener un hijo, que si te pones a hacer cálculos y a buscar la ocasión perfecta, nunca das el paso. Solo que las consecuencias de un exceso de prudencia ante un caso de maltrato pueden ser mucho más graves que el quedarse soltero o no tener descendencia. Pueden ser trágicas. A los números me remito. Dudo que todos esos hombres dieran una imagen de padres y esposos perfectos, que no le gritaran a su mujer cosas que no se le deben decir a ningún ser humano, que no tuvieran arranques de violencia machista delante de testigos. Pero a muchos les pudo el miedo de “cagarla”.

No voy de heroína. Actué de forma impulsiva y algo irreflexiva. Lo sé. Pero estoy convencida de que nuestro corazón no se equivoca. Así que cuando me grita que haga algo, le obedezco. Hace tiempo que se ganó mi confianza.

Os mando muchos besos. Gracias por la solidaridad, la preocupación y vuestros buenos deseos. Seguro que acaba todo bien.

6. Truk - Lunes, 19 Octubre, 2009

Joder Alicia tienes mucho valor. No es fácil implicarse cuando el problema esta al lado de casa y tu lo has hecho. Me vuelvo a quitar el sombrero ante ti … again.

Seguro que todo va air bien y que esta vez van a ganar los buenos.